Martes, 25 Noviembre 2014 22:35

Quién tiene una meta, tiene una razón para correr.

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Quien tiene una meta, tiene una razón para correr”, aforismo número 83 de Benajmín Prado, escritor español que ha publicado varios libros, dos de ellos de frases lapidarias de este estilo. Pero, ¿qué pasa cuando, a pesar de tener una meta, no encontramos las ganas de correr?

Sí, ese momento en el que sabemos que tenemos que conseguir un objetivo en el trabajo, terminar una tarea, hacer algo en  un plazo máximo…ahí lo tenemos, la meta. Sin embargo, lo que sentimos en lugar de ganas de alcanzarla es todo lo contrario: pereza, desilusión, desgana, en definitiva, falta de motivación. 

Nuestra meta parece encontrarse en lo alto de una montaña, lejana, elevada, con una pendiente inalcanzable y difícil de conseguir desde donde estamos. Lo hemos sentido en el trabajo, en casa, en los estudios…incluso en tareas más insignificantes pero poco apetecibles como las domésticas. Nuestra meta, más que algo a lo que queremos llegar, se ha convertido en un problema.

Pues bien, para poder hacerle frente, podemos tener en cuenta una serie de pasos. Para empezar, es importante que podamos definirlo claramente. ¿Sabemos qué es exactamente lo que tenemos que lograr? Es decir, hacer un repaso de las características y los resultados que esperamos alcanzar, una vez hayamos conseguido nuestro objetivo. Poder preguntarnos cómo nos daremos cuenta de que hemos alcanzado nuestra meta y por qué sabremos que ya hemos llegado al final. Pongamos un ejemplo: nuestro objetivo es cocinar un postre. Se trata de una meta muy poco definida, si nos paramos a describirla y concretarla, podemos definir que lo que queremos lograr es hacer muffins de chocolate. Bien, eso es más específico porque sé que no se trata de hacer galletas, ni una tarta, sino de un postre determinado.

El siguiente paso, es pensar cómo me daré cuenta de que he conseguido mi objetivo, ¿qué espero que ocurra en ese momento? De este modo, sé que habré logrado mi meta cuando tenga en mi mano una magdalena, con el tamaño previsto, con la textura deseada y, cuando la pruebe tendrá el sabor que esperaba. Es más, habrá personas a mi alrededor que podrán confirmar que he logrado lo que me proponía.

El tercer paso que podemos dar para hacer más asequible nuestro objetivo es analizar por qué estadios necesito pasar para lograrlo. Pero secuenciar nuestras acciones no siempre es fácil, estar seguro de cuál es el primer paso y seguir una secuencia ordenada para llegar hasta el final no siempre está claro. Para ello, podemos plantearnos los pasos no del primero al último, sino al revés: establezcamos nuestra meta a lo lejos y especifiquemos cuál es el paso inmediatamente anterior, y el anterior… y, así, sucesivamente, hasta este momento inicial que es ahora (Nardone, 2010). De esta forma, fraccionaremos nuestro “inalcanzable objetivo” en una serie de mini-objetivos más asequibles.

Una vez que hayamos establecido todos los pasos necesarios para llegar hasta allí, solo tendremos que seguir nuestra secuencia en el orden lógico, desde ahora, hasta el final, que es nuestra meta.

Siguiendo con nuestro ejemplo, el paso anterior a tener mi muffin en la mano es programar el horno a la temperatura adecuada y esperar el tiempo necesario; el anterior, colocar en la bandeja del horno tanto los moldes como la masa; el anterior, establecer la mezcla de ingredientes… y así, hacia atrás, hasta el momento en que decido que voy a elaborar un postre. A partir de aquí tengo una lista de tareas ordenadas que me dirigirán hacia mi objetivo.

De este modo, ya no tengo una meta, sino varias más pequeñas y alcanzables. De manera que, según vaya lográndolas, sentiré que voy encaminada hacia mi tarea final, por el buen camino. Cada vez que logre uno de esos pasos, podré evaluar si voy bien o necesito rectificar. Además, sentiré satisfacción por ir logrando pequeños pasos hacia el final. Ya no hay un objetivo lejano e inalcanzable, sino varios objetivos, cercanos, que permiten ir avanzando en la dirección deseada. 

Esta forma de organizarnos repercute en la consecución de metas y en la forma en que nos enfrentamos a ellas, pudiendo percibir nuestra competencia a medida que logramos pequeños éxitos y en nuestra motivación hacia las tareas pues vamos sintiendo cómo somos capaces de lograr nuestros objetivos con éxito, algo que, en definitiva y volviendo a nuestro aforismo del principio, nos da más ganas y razones para seguir corriendo. 

Eva Rodríguez Vindel

Psicóloga y mediadora

Asociación Efecto Familia

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